Mucha gente en el mundo envidia a los
palestinos. Con razón. Ellos son el único pueblo que tiene la enfermedad accesible
sólo a los más privilegiados de los privilegiados en el mundo: la inocencia
crónica.
Hagan lo que hagan siempre serán inocentes.
Sobre todo, si se lo hacen a los judíos. Por ejemplo, con la aprobación del 67
% de la población palestina, la aprobación filosófica de la Autoridad Palestina
(AP) y la bendición entusiasta de Hamás, se han dedicado alegremente a
acuchillar a israelíes en los últimos dos meses. Lo han hecho con un sentido
absolutamente ecuánime, sin preferencias por nadie. Hombres, mujeres y niños
fueron candidatos electos al azar con un criterio altamente democrático: todos
a juicio de los autodesignados verdugos tenían derecho de morir, les gustara o
no.
El mundo, conmovido por esta generosidad,
guardó un respetuoso silencio. Nada de molestar a los inocentes crónicos. Una
ejemplar discreción acompaña a la decidida campaña palestina para llevar a la
tumba a cuántos más israelíes sea posible. La prensa mundial, tan ansiosa de
noticias sobre los palestinos, sigue haciendo un esfuerzo conmovedor para no
enterarse de nada. Sin duda, no le resulta fácil. Los palestinos están tan
motivados y sus perspectivas de morir tratando de matar, son tan grandes, que
la tentación resulta demasiado evidente. . Después de todo, la muerte es una
causa nacional palestina, del mismo modo en que es una bandera para sus devotos
amigos islamistas.
Sin embargo, la gente influyente y
bienpensante considera que no es conveniente dar demasiada publicidad a esta
provechosa manera de progresar en el camino a la destrucción. Pero, mal que les
pese a los reticentes editores, todos los días hay noticias acerca de nuevos
intentos de matar israelíes.
Felizmente ellos tienen la prerrogativa de
mandar a la papelera las noticias indeseables. Porque, como insisten los jefes
de los editores, de cuya identidad nunca se puede estar seguro, los inocentes
crónicos o sea, las víctimas, siempre deben ser los palestinos, no los
israelíes. Por otra parte, las noticias no son tan novedosas. Después de todo,
soólo se trata de una original y novedosa forma de continuar la vieja tradición
de matar judíos.
Sin embargo, no es imposible imaginar que a
algunos despistados se les podría ocurrir imaginar que pasaría en su país, un
país normal que no tiene ningún conflicto con palestinos u otros redentores de
la humanidad, si recientes emigrados, extranjeros o minorías, se pusieran a
acuchillar a la gente por la calle. ¿Cómo lo tomaría el gobierno, o la opinión
pública o el pueblo? ¿Aceptarían el ocultamiento de estas incómodas noticias?
Pero por ahora, los acuchillamientos son una
exclusividad palestina, algo que naturalmente tranquiliza a mucha gente y
ahorra preocupaciones a sus numerosos amigos, ficticios o reales.
El status internacional de los palestinos no
se ha visto perjudicado en lo más mínimo por esta campaña que por ahora ha
producido el auspicioso resultado de 100 mártires o sea cadáveres palestinos
frescos, una mercadería de gran valor propagandístico en el mercado de la
falsedad universal. Por ejemplo, el presidente de la Autoridad Palestina (AP),
Mahmud Abbás, acaba de anunciar que pronto habrá de expedir pasaportes del
Estado palestino. No aclaró si los pasaportes comprenderían sólo al
miniestadode la AP o abarcarían también
al miniestado de Hamás. Indudablemente muchos grandes admiradores de la
inocencia crónica palestina verían con gusto un Estado palestino genuinamente
árabe, es decir un Estado envuelto en una genuina guerra civil entre Hamás y Al
Fatah con muchos muertos, al igual que en los países árabes vecinos y de
acuerdo a las mejores tradiciones de la historia del islam. Y los pasaportes
podrían facilitar un rápido viaje a la violencia, que seguramente afectaría
también a Israel.
Pero por ahora, Israel sigue insistiendo, pese
a las generosas presiones de la mayoría de los cerebros ilustrados del mundo,
en no cometer por tercera vez el error que cometió en el 2000 al retirarse
gratis de Líbano para que Hezbolá tenga facilidades para atacarlo y el que
cometió en 2005 retirándose gratis de la Franja de Gaza para que Hamás pueda bombardearlo
con la comodidad necesaria.
Si los cuchillazos palestinos no impresionan a
todos los autoerigidos paladines de la justicia en el mundo, las negativas
palestinas a negociar con Israel chocan con un muro de indiferencia formidable.
La inocencia crónica de los palestinos es un escudo indestructible mientras la
costumbre histórica de proclamar culpables a todos los judíos es una garantía
para obtener amplios consensos.
Teniendo en cuenta este dato de la realidad,
una nueva etiqueta se ha impuesto en las relaciones de los países más o menos
civilizados con Oriente Medio. Todo aquel país que por razones de utilidad
propia hace algún gesto de amistad hacia Israel, debe realizar inmediatamente
un gesto paralelo hacia el Estado palestino. Por ejemplo, recientemente el
mundo fue testigo de la visita del izquierdista primer ministro griego, Alexis
Tsipras, a Israel y su cordial encuentro con Netanyahu, de quien se puede decir
muchas cosas, pero no precisamente que es de izquierda. Para que esta reunión no
fuera ideológicamente mal interpretada, el Parlamento griego se apresuró a
reconocer al Estado palestino.
A esta altura se calcula que ya deben haber
reconocido al Estado palestino unos treinta países más de los que integran las
Naciones Unidas.
Puede afirmarse que el Estado palestino es el
más reconocido de los países inexistentes en el mundo. Pero detrás de este
hecho pintoresco hay un chiste o un secreto, según como se interprete: los
palestinos no quieren ningún Estado. Si se transformaran en un país normal
tendrían que trabajar y perderían la fabulosa financiación que les es prodigada
por la imbecilidad internacional militante. Porque en ese caso, sufrirían una
pérdida muy dolorosa: su inocencia crónica.
Inocencia crónica
29/Dic/2015
Israel en Línea, Egon Friedler